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Ciencia y Tecnología

El ensayo sueco del siglo XVIII

El café es una de las bebidas más consumidas en todo el mundo. Existen muchas formas de prepararlo y varios tipos de máquinas que podemos usar para ello, siendo la de la cafetera italiana la más clásica y por la que muchos solemos empezar en este mundillo. Y lo tomamos bien porque nos encanta, porque lo necesitamos como aporte energético por las mañanas o hasta como suplemento deportivo.

Sin embargo, hay gente a la que no le gusta y, de hecho, lo detesta. Fue el caso del rey Gustavo III, que intentó prohibirlo y demostrar que era una droga con un experimento de lo más peculiar.

La invención de Satanás. El origen del café, o su descubrimiento mejor dicho, sigue siendo algo incierto y rodeado de leyendas, pero se estima que llegó a Europa alrededor del año 1600 gracias a los mercaderes venecianos. Su llegada fue controvertida, ya que a algunos les gustó y otros intentaron prohibirlo en diferentes países.

Entre el clero, los efectos del café fueron curiosos: a unos les gustaba porque les permitía mantenerse despiertos, mientras que otros lo bautizaron como “una amarga invención de Satanás” al considerarlo como una bebida opuesta al vino, bebida santificada por Cristo. El papa Clemente VIII lo santificó y se acabó el problema. Ahora bien, quienes tenían poder para prohibirlo eran los reyes, y entre los detractores estaba Gustavo III.

El experimento de los gemelos. En la Suecia del siglo XVIII, el café ya era bastante popular, pero aparte de los detractores por motivos religiosos, había quien consideraba que era una sustancia peligrosa. El rey Gustavo III lo veía como un veneno y se propuso realizar un experimento de lo más curioso (y delicioso): para demostrar los efectos nocivos de la bebida, hizo que dos hermanos gemelos idénticos condenados a pena de muerte eligieran: beber café y té a diario o la horca.

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La elección estaba clara (a no ser que no les gustara ni una bebida ni otra), por lo que cada día, durante años, los dos prisioneros tomaron varias tazas a diario bajo la supervisión de dos médicos. ¿Hasta cuándo? Hasta que los prisioneros murieran prematuramente debido al consumo de esas bebidas.

Murió hasta el apuntador. O casi. Los prisioneros pasaron años bebiendo café, pero resulta que, un buen día, uno de los médicos… murió. Tiempo después, el otro médico también murió y lo poético es que el propio rey fue asesinado durante un baile en 1792. A el ya o le importaba, pero el experimento prosiguió hasta que el prisionero que bebía té murió a los 83 años. En 1794, Suecia quiso volver a prohibir el café y estuvo así durante casi 30 años hasta que el gobierno desistió.

La polémica no ha muerto. Mucho ha llovido desde este experimento y el estatus del café ha cambiado radicalmente. Sin embargo, sigue llevando a cuestas una serie de mitos debido a la cafeína (como que aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares) o que puede provocar cáncer. Se ha demostrado en repetidas ocasiones que es una bebida muy saludable y, de hecho, cada poco tiempo se descubren más beneficios de esta bebida.

Lo que no está claro es qué ocurrió con el prisionero condenado a beber café por toda la eternidad. No hay constancia de su muerte, por lo que sería gracioso que siguiera vivo, perturbando la memoria del difunto rey Gustavo.

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