
Desde hace semanas, Ricardo Salinas Pliego ha comenzado a inscribir su nombre en las discusiones sobre la presidencia del 2030. En una entrevista reciente con Código Magenta soltó una frase sugestiva: “Haré lo que sea necesario si el país lo requiere”. No anunció formalidad alguna, pero sembró la duda que ya susurra en redes y cafés políticos: ¿habla en serio o solo disfruta de provocar al partido en el poder?
Dueño de Elektra, Banco Azteca, TV Azteca y otros negocios, Salinas Pliego es una de las figuras empresariales más poderosas del país. Pero su alcance más auténtico hoy no está tanto en sus empresas, sino en una cuenta de X (antes Twitter). Como “Tío Richie” ha construido una comunidad que sigue cada mensaje con devoción. En sus tuits, cargados de sarcasmo, llama “gobiernícolas” a funcionarios públicos, se burla del SAT y cuestiona los mega-proyectos del sexenio pasado: el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas, el Aeropuerto Felipe Ángeles, las Mega Farmacias Bienestar, entre otros. En ese terreno digital, cada comentario suyo dirigido al gobierno pesa más que muchos discursos políticos tradicionales, porque conecta con el hartazgo ciudadano hacia las instituciones.
Ese estilo ha llevado a compararlo con Donald Trump y Javier Milei. Como Trump, Salinas combina empresa, medios y espectáculo; y como Milei, adopta posturas disruptivas, libertarias en lo económico, con un lenguaje directo y anti-establecimiento. Los tres parten de la narrativa de outsider: personajes que no emergen de los partidos, que construyen su fuerza fuera de la política tradicional y que fascinan a un electorado cansado de los discursos convencionales.
Sin embargo, mientras Trump encontró en el Partido Republicano una plataforma desde donde catapultar su figura, y Milei terminó aliado con fuerzas conservadoras que le dieron soporte en Argentina, Salinas Pliego carece por ahora de un partido político que lo respalde. Ahí aparece una ruta que, aunque complicada, podría resultarle atractiva: la candidatura independiente.
En México, esta figura está diseñada para que cualquier ciudadano pueda competir por la presidencia sin necesidad de un partido. Para ello, primero debe manifestar su intención ante el Instituto Nacional Electoral (INE), registrar una Asociación Civil que administre los recursos de campaña y abrir una cuenta bancaria exclusiva para su financiamiento. Una vez reconocido como aspirante independiente, el INE le otorga una constancia, y a partir de ese momento cuenta con 120 días para recolectar el respaldo ciudadano equivalente al 1 % de la lista nominal nacional, con el requisito adicional de que ese apoyo esté distribuido en al menos 17 entidades federativas. Hoy, con una lista nominal cercana a los 98 millones de ciudadanos, eso equivale a casi un millón de firmas válidas.
Ese requisito es un reto mayúsculo, pero también puede convertirse en una oportunidad. Para Salinas Pliego, el proceso de recabar firmas no solo sería un trámite legal, sino un termómetro político: le permitiría medir en qué regiones conecta más, dónde tiene debilidades y hasta qué punto puede convertir su popularidad digital en un movimiento territorial real. Además, al hacerlo bajo la figura de independiente, evitaría las negociaciones internas con partidos y reforzaría su discurso de outsider: “no necesito estructuras tradicionales para competir, tengo a la gente”.
Esta vía le beneficiaría también en términos de narrativa. En un contexto donde la ciudadanía muestra un hartazgo profundo con los partidos políticos —percibidos como burocráticos, corruptos o incapaces de renovarse—, presentarse como candidato independiente le permitiría capitalizar ese desencanto. “Tío Richie” ya habla como alguien ajeno a las instituciones, con un estilo irreverente que lo acerca más a la figura de un ciudadano contestatario que a la de un político convencional.
Claro, esa ruta no está libre de riesgos. Reunir cerca de un millón de firmas en 120 días exige una maquinaria territorial que no puede improvisarse con memes ni retuits. Necesita operadores, redes en los estados, recursos logísticos y una estrategia seria. En este sentido, el gran reto será demostrar que puede pasar del fenómeno digital al actor político real, con presencia en la boleta electoral de 2030.
En comparación, Trump y Milei supieron convertir su irreverencia en proyectos políticos tangibles, respaldados por estructuras. Salinas Pliego tendrá que demostrar que no solo quiere “provocar” desde las redes, sino también construir un camino institucional que lo lleve a la competencia real.
¿Podría ser presidente en 2030? Dependerá de su capacidad para transformar seguidores en votos, firmas en respaldo ciudadano y popularidad en estructura política. Si logra hacerlo, se convertirá en un contendiente de peso. Si no, quedará como un fenómeno mediático, recordado por sus tuits punzantes, pero sin trascendencia electoral.
Entre tuits, provocaciones y la posibilidad de una candidatura independiente, Tío Richie ya se asoma al debate de 2030. Lo demás lo dirán las urnas, no las redes.



