Los 3 aspectos más controversiales de ‘Predator: Badlands’

Predator: Badlands, la nueva entrega de la saga Predator dirigida por Dan Trachtenberg, destaca por explorar la narrativa de manera conmovedora y diferente. En una franquicia que usualmente exhibe al brutal Yautja como un cazador implacable, esta película se adentra en su cultura, mostrando matices más humanos. Desde la colección de armas de enemigos, como se vio en la secuela de 1990, hasta las jerarquías entre los Yautja, se evidencia que hay una complejidad cultural digna de explorarse.
En Predator: Badlands, Trachtenberg profundiza en rituales y relaciones familiares, aunque a veces se aleje del tono clásico de la saga. La trama sigue a Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi), un joven guerrero atrapado entre las expectativas de su cultura y las de su padre, lo que lo obliga a demostrar su valía en un mundo hostil. Sin embargo, el enfoque emocional podría parecer fuera de lugar en una narrativa por lo general centrada en la violencia extrema. Aunque interesante, algunas escenas carecen de sentido en el contexto del viaje del protagonista por su identidad.
Una visión conmovedora sobre una cultura guerrera
Por otro lado, la relación de Dek con Thia (Elle Fanning), un androide de Weyland-Yutani, añade un toque de humor y humanidad que, aunque puede parecer incómodo, busca humanizar a los Yautja a través de interacciones más ligeras. Estos elementos, quizás necesarios para contrastar la violencia de la saga, desentonan con el estilo brutal y directo que los fanáticos esperan.
Humor y amistad para ‘Predator: Badlands’

En resumen, si bien la exploración de la cultura Yautja en Predator: Badlands añade profundidad, también plantea desafíos en la percepción habitual de la saga. Esta entrega redefine lo que significa ser un ‘héroe’ en un universo que ha glorificado la violencia y el instinto de caza.


