Ciencia y Tecnología

Amedrentar a Rusia con un misil

Estados Unidos, bajo la figura omnipresente de su presidente Donald Trump, parece decidido a poner fin de una vez por todas a la invasión en Ucrania. No obstante, intentar replicar el mismo «éxito» diplomático que se obtuvo en Gaza enfrenta dos problemas nucleares: por un lado, la intención de imponer un acuerdo a Rusia cuestiona la soberanía y legitimidad del proceso, empujando a Moscú a reaccionar. Por otro lado, la escalada de presión en torno a la amenaza de misiles de largo alcance incrementa drásticamente el riesgo de una situación incontrolable.

De la ambigüedad al desafío. Durante mucho tiempo, la política exterior de Trump hacia Rusia y Ucrania osciló entre la deferencia y la confusión, con halagos a Putin, advertencias vagamente formuladas y promesas a Kiev que nunca se cumplieron. Sin embargo, en las últimas semanas, se ha dado un giro significativo.

Trump ha cambiado drásticamente su discurso, pasando de proponer que Ucrania debería aceptar pérdidas territoriales a presentarse como el hombre capaz de poner fin a la guerra. Lo que comenzó como un gesto retórico en la ONU ha evolucionado hacia un proceso político que busca cimentar el rol de Estados Unidos como árbitro del conflicto, utilizando una mezcla de presión militar, diplomacia transaccional y amenazas calculadas.

Cambio y ruptura. Trump, que históricamente mostró una indulgencia casi personal hacia Putin, sorprendió a aliados y críticos con un discurso donde calificó a Rusia de “tigre de papel” y afirmó que Ucrania puede recuperar todo su territorio con el apoyo de Europa y la OTAN. Este cambio, anunciado tras su reunión con Zelensky y Macron, significa un alejamiento de su estrategia habitual de evitar confrontaciones directas con Moscú.

Sin embargo, detrás de este giro, aún no parece haber una política clara, sino una combinación de gestos: insinuaciones de sanciones, amenazas y una intención manifiesta de reintroducir la idea de la fuerza como medio de negociación. Lo que antes era indiferencia hacia Kiev se ha transformado en un interés instrumental, que mezcla rivalidad con Putin y el deseo de demostrar un liderazgo internacional.


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Tomahawks y ultimátums. El símbolo más tangible de esta transformación es el término recurrente en los comunicados de Washington: Tomahawk. Trump ha amenazado abiertamente con enviar a Ucrania misiles de crucero de largo alcance si Putin no acepta reanudar las negociaciones de paz, un ultimátum que ha puesto al Kremlin en alerta. Moscú ha respondido caracterizando esta medida como “una escalada cualitativamente nueva” y advirtiendo que no podría distinguir si los misiles llevarían ojivas nucleares o no.

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Para Trump, sin embargo, la declaración cumple una doble función: refuerza su imagen de negociador que inspira respeto y presiona a Putin para que no prolongue una guerra que ya no puede ganar. Zelensky, por su parte, ve en la posibilidad de obtener Tomahawks no solo un instrumento militar sino psicológico: basta la amenaza de su uso para llevar a Rusia a la mesa de negociaciones. El mero hecho de discutir su entrega significa una ruptura con la cautela de la era Biden, en la que Washington rechazó cualquier acción que pudiera considerarse una agresión directa.

De Gaza a Ucrania: exportar un modelo. El éxito parcial del alto el fuego en Gaza ha proporcionado a Trump una narrativa de victoria diplomática que ahora intenta trasladar al frente europeo. Tras liberar a los rehenes israelíes y lograr un cese temporal de hostilidades, el presidente estadounidense declaró que su próximo objetivo era “centrarse en Rusia” y terminar con la guerra en Ucrania. Aunque aparenta ser un movimiento humanitario, también responde a una estrategia de reposicionamiento global: demostrar que Washington puede establecer el orden tanto en Oriente Medio como en Europa sin necesidad de desplegar grandes contingentes militares.

Trump ha enmarcado esta nueva etapa con un concepto clásico que ha reeditado con pragmatismo: “paz a través de la fuerza”. Es la misma lógica que busca aplicar con Putin (es decir, no desde la conciliación, sino desde la amenaza creíble). Ucrania, que durante meses simuló confianza en unas negociaciones estériles para congraciarse con la Casa Blanca, advierte ahora de una ventana de oportunidad: sustituir las mesas de diálogo por la entrega de armamento avanzado que altere el equilibrio en el campo de batalla.

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Un acuerdo militar. La visita de una delegación ucraniana a Washington, encabezada por la primera ministra Yuliia Svyrydenko, ha consolidad la nueva fase. Los negociadores llegaron con una lista de compras valorada en 90.000 millones de dólares, que incluye sistemas de defensa aérea Patriot, misiles de largo alcance y acuerdos de coproducción de drones.

Zelensky ha aprendido a comunicarse en el lenguaje de Trump: el de las transacciones. Ya no se trata de solicitar ayuda por solidaridad, sino de ofrecer «mega acuerdos» que beneficien a ambas partes, presentando a Ucrania como un socio rentable para la industria militar estadounidense. La Casa Blanca, a su vez, ha aceptado implícitamente que las conversaciones con Moscú se han agotado, y que solo un aumento sustancial de la presión militar podrá forzar a Putin a negociar desde una posición de debilidad.

El nuevo cálculo estratégico. Se puede afirmar también que el Kremlin atraviesa un momento de fatiga operativa. Sus avances territoriales han sido cada vez más limitados, y Zelensky se ha encargado de recordarlo en Washington con mapas y cifras: en mil días de guerra, Rusia apenas ha conquistado menos del uno por ciento del territorio ucraniano adicional desde 2022.

La narrativa de victoria inevitable se desvanece, y Trump parece haberlo comprendido. Su discurso en redes sociales, en el que afirmó que Ucrania está “en posición de recuperar todo su país en su forma original”, fue visto como la confirmación de un cambio de percepción. Es decir: ya no se busca mantener un conflicto congelado, sino precipitar su desenlace mediante la superioridad tecnológica y el colapso económico de Rusia.

Paris Hosted A Trilateral Meeting Between Volodymyr Zelenskyy Emmanuel Macron And Donald Trump On 7 December 2024 2
Paris Hosted A Trilateral Meeting Between Volodymyr Zelenskyy Emmanuel Macron And Donald Trump On 7 December 2024 2

La paradoja. Paradójicamente, el cambio de Trump no indica un retorno al idealismo liberal que por décadas caracterizó la política exterior de Estados Unidos, sino un pragmatismo que combina intereses, espectáculo y coerción. Washington no busca reconducir a Ucrania, sino poner fin a una guerra que ha dejado de beneficiar su imagen de poder.

Desde esta perspectiva, el presidente de Estados Unidos no parece tener la intención de librar una cruzada democrática contra Moscú, sino demostrar que bajo su mandato, Estados Unidos puede imponer resultados. Si Putin cede, Trump podrá presentarlo como un triunfo de su diplomacia y, si no lo hace, el envío de Tomahawks servirá de evidencia de que fue inquebrantable hasta el final.

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De la retórica a la realidad. Así, el cambio de rumbo estadounidense abre un nuevo escenario: por primera vez desde 2022, Washington parece estar dispuesto a usar la amenaza de armamento estratégico como herramienta diplomática. Si se concreta el plan, Ucrania obtendría la capacidad de atacar en profundidad territorio ruso, algo que, como se mencionó, la administración anterior se negó a permitir.

Europa, mientras tanto, observa con ambivalencia: celebra la posibilidad de un desenlace, pero teme una escalada que podría llevar a una confrontación directa. En este juego de fuerzas, Ucrania se posiciona no como víctima, sino como un actor determinante que ha aprendido a negociar con Washington desde sus propios términos.

La guerra como moneda de poder. Lo que parece evidente es que el nuevo ciclo inaugurado por Trump redefine la relación entre diplomacia y fuerza militar. Ucrania, harta de mesas vacías y promesas vacías, parece haber encontrado en el pragmatismo estadounidense un aliado temporal para lograr su objetivo: imponer la paz a través de la presión.

La Casa Blanca, por su parte, ha redescubierto con Trump que el liderazgo global no se ejerce desde la neutralidad, sino desde la capacidad de dictar los términos del conflicto, imponiéndolos. Si los misiles Tomahawk sobrevuela el cielo ucraniano (sin que necesiten ser lanzados), su mera existencia simbolizará el culmen de una estrategia en la que la amenaza se convierte en argumento, y la guerra se utiliza como herramienta para recuperar la autoridad perdida de Estados Unidos en el contexto internacional.

Por supuesto, el escenario plantea dos problemas nucleares a resolver. Ni Rusia es Gaza, ni los Tomahawk estaban anteriormente sobre la mesa.

Imagen | VA Comm, Ministerio de Defensa de Ucrania, Picryl, Presidente de Ucrania

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