Organilleros: Melodías que nos evocan el México Antiguo, resistiendo con nostalgia en las calles que olvidan su legado.

En las coloridas calles de México, el característico sonido de un organillo sigue siendo un eco del pasado que, a pesar del paso de los años, conserva la magia de una época que muchos mexicanos recuerdan con nostalgia. Estos instrumentos mecánicos, que han formado parte del paisaje urbano durante más de un siglo, continúan siendo tocados por los organilleros, artistas que, con sus melodías, buscan preservar una tradición que, aunque en declive, aún resuena en el corazón de quienes se encuentran con su música.
El organillo es un instrumento antiguo que funciona mediante una manivela que mueve una serie de tubos y teclas para reproducir melodías pregrabadas en un cilindro. Aunque su uso ha disminuido drásticamente en las últimas décadas, no es raro escuchar las piezas más populares del repertorio, como Perfume de Gardenias, Amor Eterno, La bikina, El son de la negra, y Cien años. Estas melodías, que son parte esencial del folklore mexicano, siguen siendo el alma de los organillos, los cuales por medio de sus melodías son capaces de transportar a quienes las escuchan a tiempos pasados, cuando el ritmo de la vida en las calles era marcado por las notas de estos antiguos instrumentos.
En una reciente conversación con uno de estos músicos, un hombre que lleva 15 años dedicado al oficio, pudimos conocer más sobre su experiencia y los desafíos que enfrenta en la actualidad. El señor, quien prefirió no revelar su nombre por razones personales, compartió su pasión por el organillo, un arte que heredó de su padre y que, a pesar de las dificultades, sigue siendo su vocación.
«Este oficio ha sido siempre parte de nuestra familia. Mi padre fue organillero, y él me enseñó todo lo que sé. Para mí, el organillo no es solo un instrumento, es parte de mi vida, de mi cultura», expresó con una sonrisa nostálgica. A lo largo de los años, ha tenido la oportunidad de tocar en plazas, parques y, especialmente, en zonas turísticas, donde ellos se sienten atraídos por el sonido y la imagen del organillo, un aparato que muchos consideran una rareza.

«Lo que más me gusta es ver la admiración de los turistas. Para ellos, el organillo es algo increíble, porque es un aparato muy antiguo. Lo ven como una curiosidad, como un pedazo de historia que se conserva en las calles», relató. Es en estos lugares donde los organilleros encuentran una de las pocas fuentes de apoyo, ya que el turismo, con su fascinación por lo tradicional, se convierte en una de las pocas razones por las que este oficio sigue vivo.
Sin embargo, a pesar de este aprecio por parte de los visitantes, la realidad del organillero en las calles mexicanas es mucho más complicada. El oficio ha disminuido notablemente a lo largo de los años, y los organilleros se enfrentan a múltiples dificultades. «Antes, la gente te apoyaba mucho más, te daban una moneda con gusto. Ahora, es raro que alguien se acerque, y si lo hacen, es solo por curiosidad», comenta el entrevistado, quien señala que el apoyo económico por parte de los ciudadanos ha caído drásticamente.
«Es triste ver cómo poco a poco se pierde la tradición. El oficio de organillero, como el de los globeros o los boleros, es cada vez menos común en las calles. A la gente ya no le llama la atención lo que somos. Pero nosotros seguimos saliendo a la calle porque esto es arte, es cultura”. Aunque las monedas escasean, el espíritu del organillero sigue vivo en aquellos que persisten en la práctica, motivados por la pasión de mantener esta tradición. mencionó
En la actualidad, los organilleros, como otros artistas callejeros, enfrentan un panorama difícil. La competencia con la tecnología y la transformación de las ciudades han cambiado el ritmo de las calles, y la figura del organillero ya no tiene el mismo impacto que en épocas pasadas. No obstante, la resistencia de estos músicos es notable. «Nuestro trabajo es mucho más que tocar una canción, es contar una historia, es revivir el pasado. En cuatro ruedas y unos pedazos de madera traemos una tradición que no podemos dejar morir», expresó el organillero.
A pesar de todo, hay quienes siguen creyendo en la importancia de esta música ambulante, que sigue siendo parte del alma de México. Algunos habitantes de las ciudades y turistas más conscientes se acercan al instrumento para disfrutar de su arte y, en ocasiones, para hacer una contribución económica, reconociendo el valor cultural de esta tradición.
Sin embargo, a medida que el tiempo pasa y las generaciones se alejan de las costumbres de antaño, es inevitable preguntarnos ¿Cuánto tiempo más resistirán estas melodías? Que nos recuerdan a un México más simple y lleno de encanto. Las plazas donde una vez se llenaban de gente para escuchar el ritmo de los organillos ahora se ven desiertas, mientras los antiguos sonidos se apagan lentamente, dando paso a los ruidos modernos de las grandes ciudades.
El organillo, ese viejo instrumento de manivela, sigue tocando sus canciones con la misma pasión de siempre, pero ahora con la sombra de la incertidumbre sobre su futuro. El hombre, mientras gira la manivela una vez más, sabe que, al menos por un momento, su música puede lograr lo imposible: hacer que la gente se detenga a escuchar, y recordar que en las calles de México aún hay vestigios de un arte que, aunque con los días contados, sigue siendo un objeto de historia viva y un canto melancólico de tiempos pasados que aún resuena por las calles de nuestro país.



