La sequía de 1877 en Sudamérica: Brasil aún no se ha recuperado

La sequía puede aparecer en cualquier momento y en el lugar más inesperado. De hecho, nunca desaparece del todo, como explicamos hace poco. Pongamos como ejemplo España, que lleva meses por encima de la media de agua embalsada de la última década. Ni si quiera así se puede concluir que hemos llegado a un “acuerdo” con el agua. Y si nos fijamos en la historia, un caso sirvió de ejemplo para el resto.
Grande Seca. Detrás de este nombre hubo un fenómeno meteorológico que cambió la percepción de quienes vivían en zonas donde aparentemente no podían llegar ciertos fenómenos naturales. Ocurrió a finales del siglo XIX en el noreste de Brasil, pero podría haber ocurrido en cualquier parte. Aquel año comprendimos uno de los patrones climáticos más singulares y potentes que conocemos.
Ocurre que, por la época, el fenómeno no era atribuible al cambio climático. Así que la ecuación de eventos se creyó azarosa o, para ser más precisos, se pensó que se debía a las oscilaciones periódicas y naturales del clima. El resultado: casi tres años sin precipitaciones, la muerte de cerca de medio millón de personas y la sequía más grande y devastadora en la historia brasileña.
ENSO. Imagina que La Niña y El Niño se alternan en sus funciones por sorpresa. A este evento hoy lo llamamos Oscilación del Sur de El Niño (ENSO), y se refiere a las fluctuaciones en las temperaturas del océano y patrones atmosféricos en el Pacífico tropical, que incluyen El Niño (calentamiento de las aguas) y La Niña (enfriamiento).
Sin embargo, en el caso de la sequía en Brasil, el fenómeno calentó las aguas del océano Pacífico ecuatorial, modificando la circulación atmosférica de forma que provocó una escasez extrema de lluvias. ¿Cómo? La aparición de El Niño alteró los patrones normales de precipitación en el noreste del país, una región que ya tiene un clima semiárido y depende de lluvias estacionales. El Niño debilitó la formación de lluvias monzónicas, intensificando las condiciones secas durante varios años consecutivos. Un desastre.
Primeros desiertos. En enero de 1877 (a mediados del verano), Cearense notó los primeros signos de penuria. Cartas desesperadas de las fechas ya reflejaban el panorama desolador: “La falta de lluvias ya se está sintiendo. Desde Sobral y otros puntos de la provincia nos dicen que la sequía está causando daños considerables”. En otra carta, escrita en marzo, un hombre decía: “Estamos sufriendo una terrible sequía… y sólo Dios sabe lo doloroso que será este azote”. Otro relataba: “La sequía está devastando todo, la mortalidad de las vacas es asombrosa”.



