El Ayuntamiento busca modificar esa situación.

El acuífero de la Plana de València es un ‘depósito’ de más de 900 kilómetros cuadrados capaz de almacenar unos 2.800 hectómetros cúbicos de agua. No solo tiene más capacidad que cualquiera de los embalses de la comunidad; efectivamente, tiene más agua que ellos. Y hay un buen motivo para ello: no se utiliza.
El área de València, con sus dos millones y medio de habitantes, se abastecen casi en su totalidad del agua superficial del sistema Júcar-Turia. Por ello, incluso en los peores momentos de crisis climática, el acuífero se ha mantenido en buenas condiciones, ajeno a las necesidades de la ciudad.
Ahora, el Ayuntamiento quiere cambiar eso.
A por «el tesoro de València». Hace unos días, Maria José Catalá, la alcaldesa de la ciudad, presentó un ambicioso plan para construir cuatro nuevos pozos con sus propias plantas potabilizadoras. La idea es aumentar la capacidad para extraer y potabilizar el agua del acuífero. De hecho, según el proyecto, con esta infraestructura se podría sacar unos 1.100 litros por segundo.
Para dimensionar estas cifras, lo mejor es tener en cuenta que, ahora mismo, la capacidad extractiva de la ciudad estaría en unos 300 litros por segundo.
Y ni con esas sería suficiente. Al fin y al cabo, siempre según Emivasa (la empresa valenciana del agua), la ciudad necesita unos 1.500 litros por segundo de agua potable continuos para asegurar el suministro. Es decir, para autoabastecerse desde el acuífero, València necesitaría quintuplicar el máximo que hoy puede extraerse del subsuelo.
«Ojalá nunca llegue a usarse», decía la alcaldesa Catalá y, quizás sin saberlo, señaló uno de los mayores riesgos de este tipo de infraestructuras. Desde el punto de vista político, parece irresponsable no explotar los recursos que tenemos a nuestro alcance, sobre todo en momentos de crisis hídrica acuciante.
Pero va a usarse… Desde un punto de vista ecológico, la tentación de recurrir al acuífero más de lo recomendable siempre estará presente. Pura Ley de Say: si tenemos agua disponible, todos los incentivos conspirarán para que la gastemos.
Y no, no es mera especulación: es la experiencia histórica. Como señalan en el Datadista, décadas de «medidas de emergencia» frente a la sequía solo han terminado sirviendo para «ampliar los regadíos, aumentando el problema de la sobreexplotación y la contaminación de acuíferos y humedales».
Hemos demostrado tener una capacidad sorprendente para encontrar excusas sobre su uso siempre que aparece agua disponible. No solo es que WWF España reveló en 2019 que los cuatro acuíferos más importantes del país llevan siendo esquilmados desde hace años; es que, según los informes del Instituto Geológico y Minero, «desde hace décadas se conoce la salinización de los acuíferos costeros españoles mediterráneos e insulares».
Pese a ello, «solo en unos pocos casos esta situación está bien gestionada».
La gran pregunta… es si podrá gestionarse bien (si podrá evitarse la intrusión marina o si siquiera existe un «uso racional» del mismo) y, por eso mismo, el proyecto está ahora en manos de la Conferencia Hidrográfica del Júcar.
Al fin y al cabo, este será solo uno de los muchos dilemas que tendremos que afrontar.
Imagen | Ian Preston



