Más de novecientos mil habitantes de Río de Janeiro sufren de inseguridad alimentaria

Investigación muestra un aumento del 300% en seis en las tasas de inseguridad alimentaria severa en la capital de Río de Janeiro, con tasas superiores a los promedios nacional y estatal
El hambre afecta a casi un millón de cariocas. En total, 993,8 mil habitantes comen poco y mal –con comidas reducidas y falta de alimentos de calidad– debido a la falta de opciones. El aumento representa un salto del 7,3% al 16% de la población en condiciones de inseguridad alimentaria severa o moderada, en seis años. En otras palabras, el hambre se duplicó con creces en la capital.
Los datos fueron publicados este miércoles por la mañana (29), en Mapa del hambre de la ciudad de Río de Janeiro. La encuesta es una alianza entre el Frente Parlamentario contra el Hambre y la Pobreza de la Municipalidad de Río de Janeiro y el Instituto de Nutrición Josué de Castro, de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ). Entre noviembre de 2023 y febrero de 2024, los investigadores visitaron 2.000 hogares, repartidos en cinco regiones de la ciudad.
Considerando la población que enfrenta una inseguridad alimentaria severa, el crecimiento es aún más alarmante: desde 2018 a la fecha, el hambre severa ha crecido un 300%, del 2% al 7,9%. El índice representa a casi medio millón de personas.
Al contrario de lo que sucede en el país, la capital de Río de Janeiro ha empeorado sus índices de inseguridad alimentaria y nutricional. Hace seis años, la Encuesta de Presupuesto Familiar (POF), realizada por el IBGE, mostró que el 2% de los cariocas se encontraban en esta situación. La inseguridad alimentaria se considera grave cuando afecta a todo el hogar, incluidos los niños, y no sólo a los adultos. Ese año, Río estuvo por debajo de los promedios nacional y estatal (4,6% y 3,5%, respectivamente). Lo mismo ocurrió al analizar datos sobre todos los tipos de inseguridad alimentaria (leve, moderada y grave).
El escenario ha cambiado desde entonces. Mientras que los datos de PNAD continua, a partir de 2023, muestran una reducción del porcentaje de hambre en el país, la capital va en dirección opuesta. El porcentaje de cariocas en alguna situación de inseguridad alimentaria aumentó del 26,9% al 32,9% en 2024 -es decir, uno de cada tres hogares-.
“Esto nos tomó un poco por sorpresa. Normalmente, la capital de Río, en relación a la inseguridad alimentaria, siempre se comporta un poco mejor que el estado”, dice Paulo César Castro, profesor e investigador de la UFRJ. “Esta vez, cuando comparamos los datos recientes de la PNAD continua con los obtenidos en esta encuesta, vimos que la situación es peor que el índice estatal”.
Según la clasificación, la inseguridad alimentaria leve se produce cuando hay falta de alimentos de calidad y preocupación por las comidas futuras. En situaciones de inseguridad alimentaria moderada, los adultos comen menos y peor y, en situaciones de inseguridad alimentaria grave, el hambre afecta a toda la familia.
¿Por qué Río tiene hambre?
Es caro vivir en la capital de Río de Janeiro. Según la plataforma Numbeo, que recopila datos económicos de ciudades brasileñas, Río tiene el segundo costo de vida más alto del país – solo superada por la ciudad de São Paulo. “También tenemos el agravante de que el estado de Río soporta una costosa canasta básica de alimentos. Estos números nos hacen retroceder en los avances logrados hace una década y que se agravaron desde 2018”, dice el concejal Marcos Paulo (PT), presidente del Frente Parlamentario contra el Hambre y la Pobreza.
El precio de los alimentos está incluido en esta cuenta relacionada con el costo de vida. Aunque el valor de la canasta básica de alimentos cayó un 2,47% en Río, según los últimos datos del Dieese, el ciudad sigue teniendo la segunda canasta más cara del país. “La ciudad tiene un alto costo de vida, así como una oferta de servicios e ingresos muy concentrada. Hay una desigualdad muy fuerte en la ciudad. Y Río sigue estando siempre entre las tasas de inflación más altasde acuerdo con el IPCA. Esto impacta el panorama de la seguridad alimentaria”, dice Castro.
Es fácil notar las desigualdades en la capital de Río de Janeiro al analizar los datos del estudio. Alrededor del 20% de las familias de Río viven con ingresos de hasta la mitad del salario mínimo per cápita (SMPC). Y es precisamente esta población la que tiene más hambre –o tiene miedo de no tener nada que comer en el futuro–. Sólo el 41,4% de estas familias tiene seguridad alimentaria.
Un aumento de R$ 700 per cápita (de 0,5 a 1 SMPC) hace que el porcentaje de seguridad alimentaria salte al 60%. Las familias con más de dos salarios mínimos per cápita tienen prácticamente cero riesgo de pasar hambre: sólo el 0,2% de estas personas se encuentran en situación de inseguridad alimentaria grave.
Como sucede en todo el país, la desigualdad de ingresos y, en consecuencia, la inseguridad alimentaria y nutricional afectan más a las mujeres negras. Según la investigación, la inseguridad severa y moderada estaba presente en el 20% de los hogares en los que eran responsables de los gastos, lo que, en este caso, repite un patrón encontrado a nivel nacional.
Mientras que el 75,1% de la población blanca de Río no pasa hambre –y ni siquiera se preocupa por ello–, sólo el 63,9% de los negros y morenos de la ciudad alcanzan este nivel.
Un río de desigualdades
Todo carioca lo sabe: hay una ciudad antes y otra después del túnel de Rebouças, que conecta la zona norte y sur. El Mapa del Hambre revela esta diferencia. Los barrios del norte, como Méier, Madureira e Ilha do Governador, tienen la menor población en condiciones de seguridad alimentaria: sólo el 54,2%, por debajo del promedio de la ciudad. Estos residentes representan el 22,4% de la población de Río que pasa hambre.
“Las zonas norte y oeste representan la mayor zona poblacional de la ciudad. Y son las regiones con peores índices de inseguridad alimentaria. Faltan servicios. La ciudad invierte en una cadena de servicios que cubre a parte de la población, mientras no hay incentivos para generar ingresos para la otra población que vive en condiciones más precarias”, dice Castro. “Río no proporciona esta distribución de empleos y servicios de calidad, que solo se encuentran en las regiones central y sur. No distribuye estos ingresos. Hay una desigualdad territorial muy grande en la ciudad”.
En barrios de la zona sur (Botafogo, Copacabana, Lagoa, Rocinha) y en algunos barrios de clase media de la zona norte (Vila Isabel y Tijuca), casi no hay hambre: solo el 8% de los residentes reportan alguna dificultad para comer. En los barrios más ricos de la zona oeste, como Barra da Tijuca, la tasa de inseguridad alimentaria moderada o grave alcanza el 5,8% (esta región de la encuesta también abarcó a los residentes de Jacarepaguá y Cidade de Deus). Estas son las dos regiones con mejores índices de seguridad alimentaria en Río.
Para aliviar el hambre en la ciudad, según los investigadores, el ayuntamiento necesita ampliar los comedores comunitarios y los restaurantes populares, así como el número de personas atendidas en estos lugares. Actualmente en Río solo hay tres restaurantes populares y 20 comedores comunitarios. “Es necesario reorganizar la gobernanza. Desde el año 2018 contamos con una ley de alimentos orgánicos que rige todo el proceso de cómo debe funcionar el plan municipal de seguridad alimentaria y nutricional. Pero han pasado seis años y todavía no han dado a conocer el plan de acción, que debería haber sido publicado 12 meses después de promulgada la ley”, dice Castro.
El informe también defiende la expansión de los mercados orgánicos, concentrados en la zona sur, y los mercados al aire libre a otras regiones de la ciudad. Además, destaca la necesidad de acciones con una perspectiva estructural que afecten a los sistemas alimentarios –en lugar de medidas de bienestar– y más alianzas entre los organismos gubernamentales y la sociedad.
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No hay agua donde no hay comida
La encuesta también recopiló datos sobre el suministro irregular de agua o la falta de agua potable, características de la inseguridad hídrica. Y se descubrió que el problema afecta al 15% de los hogares de la capital. El mayor problema está en la zona oeste: cuando no hay suministro, el 41,4% de los residentes no pueden comprar ni tener ninguna otra forma de acceso al agua.
Los datos también muestran una relación entre el agua y la inseguridad alimentaria. Donde falta agua, también falta comida. Solo el 30% de la población afectada por la inseguridad hídrica no pasa hambre y el 43,7% de ellos no tiene nada que comer.
Con información de O Joio e O Trigo



