A 80 años de Hiroshima: el comienzo de la era nuclear que transformó al mundo.

El día más significativo para Hiroshima ocurrió hace exactamente 80 años. También fue uno de los días más extensos en la historia. A las 8:16 del lunes 6 de agosto de 1945, estalló allí la primera de las únicas dos bombas atómicas que han sido arrojadas sobre seres humanos hasta la fecha.
Para la mayoría de los habitantes del mundo, ese día comenzó como cualquier otro. No había señales de que se distinguiría de los demás. Mientras estallaba la bomba atómica conocida como Little Boy, que fue transportada desde Guam por el bombardero B-29 llamado Enola Gay, en México se vivía una tarde ordinaria. Eran las 16:16 horas del primer domingo de agosto.
Por eso, acordé con Pascal Beltrán del Río que esta conmemoración se publicara este primer domingo de agosto, aunque este año no coincidiera con el día 6, pues sirve como recordatorio.
Quizás ese día jugaron el América, el España o el Necaxa. Quizás en el Toreo de la Condesa torearon Luis Procuna, Silverio Pérez o Carlos Arruza. Quizás, en el renovado Hipódromo de las Américas, compitieron Jackstraw, Hyhustle o Gay Dalton.
Todo parecía igual, pero solo en apariencia. En el fondo, muchos aspectos esenciales de la vida colectiva de los habitantes del tercer planeta cambiaron para siempre. En unos instantes, en menos de un minuto, se transformaron la política, la economía, la guerra, la paz, el equilibrio, la percepción del mundo y de la vida misma.
El día de Hiroshima no solo fue importante para sus habitantes. Fue relevante para toda la humanidad. Para aquellos que fallecieron, pero también para los que sobrevivieron. Para los que estaban vivos entonces y para los que aún no habían nacido. Este día decisivo en la historia de la humanidad necesita una breve explicación, especialmente para las nuevas generaciones. Intentaré ser lo más conciso y claro posible.
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Los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial se aceleraron drásticamente desde principios de 1945. Ya en junio del año anterior se había llevado a cabo la invasión de Europa en las costas francesas de Normandía, marcando el inicio de la liberación del continente y la inminente derrota de Alemania.
Para principios de abril del 45, las tropas estadounidenses y soviéticas comenzaron a entrar en territorio alemán. La caída de Berlín y el fin de la guerra europea estaban a solo unos días. Hitler había sido derrotado, su ejército estaba destrozado y la moral de su pueblo había sido diezmada. Alemania estaba desmantelada, y su reconstrucción dependía de los aliados.
Sin embargo, la situación en el océano Pacífico no era tan sencilla. Invadir Japón no se comparaba con la invasión de Alemania. Japón es un archipiélago con costas que habían permanecido invioladas durante siglos. Solo Kublai Kan había intentado invadirlas, y el viento de Kamikaze se encargó de detenerlo.
Las proyecciones militares eran sombrías. Japón nunca podría vencer a Estados Unidos, pero podría hacer que su derrota tuviera un costo extremadamente alto. La invasión de las islas niponas no sería sencilla.
Japón estaba dispuesto a sacrificar entre cinco y diez millones de vidas, pero ello costaría un millón de vidas estadounidenses, algo que el imperio occidental no estaba dispuesto a arriesgar. La vida y la muerte tenían significados distintos en Tokio y Washington.
Así las cosas, el azar introdujo complicaciones adicionales. En el destino, no todas las vidas pesan lo mismo. Algunas pueden tener el mismo peso que miles o millones de seres humanos.
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El 12 de abril, un gigante de la historia descansaba en Warm Springs. Prefería pasar sus momentos en la casa de una amiga cercana, donde se sentía seguro y cómodo. Esa mañana revisó documentos, tuvo conversaciones y disfrutó de un almuerzo. A las 13:15, sufrió un derrame cerebral que acabó con su vida, dejando a Franklin Delano Roosevelt, trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos, sin aliento.
Su lugar en la Casa Blanca fue asumido por el vicepresidente Harry S Truman. Este nuevo presidente era un político de carácter sosegado y apacible, en contraste con su predecesor. No generaba la mezcla de temor y respeto que Roosevelt transmitía.
Esto tuvo consecuencias directas en nuestra historia. Desde la rendición alemana, firmada el 8 de mayo, se inició el reparto del botín de guerra entre los aliados, con Stalin, Churchill y Roosevelt (este último sucedido por Truman) como principales figuras.
Los pronósticos no eran favorables para Estados Unidos. La nueva repartición se asemejaba a un saqueo, con Stalin acaparando territorios y Churchill maniobrando con cautela. Se discutía aún el destino de lugares como Finlandia y Austria, y la suerte de África, el Medio Oriente, India, China, Corea y la Indochina francesa (hoy Vietnam) estaba por determinarse.
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Mientras tanto, el luto en Washington se transformaba en esperanza para Japón. Tokio interpretó que la nación enemiga, cuya cabeza había sido decapitada, podría regresar a un estado de normalidad a través de una paz negociada y honrosa. Sin embargo, la ausencia de su líder temido creó la falsa expectativa de que la paz estaba al alcance y que se borraría la posibilidad de la vergüenza.
Cuando Roosevelt asumió el cargo, la guerra en Europa ya era inminente. La interrogante inicial fue si Estados Unidos debía involucrarse o considerarlo un conflicto ajeno. La respuesta fue clara: salir de esta guerra significaría convertirse en propietarios de la mitad del mundo, una gloria que debía ser abrazada.
La segunda pregunta surgió de esta decisión inicial: ¿cuándo era el momento adecuado para intervenir? Su respuesta fue: ¡no tan pronto! En ocho o diez años. Lo suficiente para que Europa sufriera la pérdida de 40 millones de vidas y llegara al punto de pedir ayuda desesperadamente. Este auxilio tendría un costo exorbitante.
En ese escenario, el primer soldado estadounidense nunca carecería de recursos mientras su país disfrutara de los beneficios de un empleo pleno y una amplia libertad. Pero la opinión pública no estaba del lado de la guerra.
El ataque japonés a Pearl Harbor brindó a Roosevelt el pretexto perfecto para entrar en conflicto. Japón no había declarado la guerra, pero su ataque fue sorpresivo y devastador, proporcionándole a Roosevelt la oportunidad de presentar una declaración de guerra ante el Congreso con una votación unánime.
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Regresando a abril de 1945, el nuevo presidente de Estados Unidos fue informado sobre el Proyecto Manhattan, el cual buscaba desarrollar una bomba atómica. Truman comprendió que esta nueva arma no solo era un asunto militar sino que implicaba una nueva relación con el mundo.
La situación bélica empeoraba, y el desafío del liderazgo soviético obligaba a Truman a demostrar su fortaleza; optó por enviar un ultimátum al gobierno japonés, el cual fue ignorado.
Así llegó el día de Hiroshima, un fenómeno indescriptible que sigue superando la comprensión humana. Tres días después, Nagasaki sufrió la misma suerte. Estas decisiones aún generan preguntas sobre los motivos detrás de su uso. La historia no puede responder con certeza por qué se decidió utilizar la bomba atómica contra Japón.
Creo firmemente que ningún pueblo merece Hiroshima, pero tampoco Pearl Harbor. Las acciones de las naciones tienen repercusiones y un ciclo de violencia se perpetúa.
Ignoramus e ignorabimus, decían los romanos. Ignoramos e ignoraremos.
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Por eso, el Día de Hiroshima es uno de los más extensos en la historia. Pasaron 80 años y aún persiste la sombra de aquel evento. Hoy vivimos en un mundo lleno de incertidumbre atómica que amenaza nuestras vidas.
Las dos bombas lanzadas han dejado una huella que perdura, con un arsenal nuclear que se multiplica. En agosto de 1945, había unas pocas armas; hoy, son miles, con un potencial destructivo inimaginable.
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Hoy es un día como cualquier otro primer domingo de agosto. Quizás se juegue un partido de fútbol, se celebren corridas de toros o carreras de caballos.
Vivimos en un mundo cambiante y complicado, donde a menudo impera el desorden. El único lugar de paz y tranquilidad suele ser en los depósitos nucleares.



